Faltacidad: Gabriel Rolón dice cómo alcanzar la felicidad en falta

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El psicólogo Gabriel Rolón propone mirar la felicidad desde otra perspectiva: no como un ideal inmutable, sino como una experiencia imperfecta que se sostiene en el presente. En una entrevista reciente afirmó que aferrarse al pasado o esperar una satisfacción completa nos paraliza. Sus reflexiones invitan a cuestionar mitos sociales sobre el amor y el destino. A partir de esos planteos desarrolla un concepto propio que busca integrar la ausencia y el dolor como parte de la dicha.

Por qué el presente importa: abandonar la búsqueda del pasado

Rolón advierte que vivir anclado en recuerdos es una forma de eludir responsabilidades personales. Según su mirada, la idealización del pasado funciona como refugio y frena la acción en el aquí y ahora. Esa actitud, dice el analista, empobrece la posibilidad de construir un futuro con sentido. Recuperar el presente exige decisiones concretas y reconocimiento de los límites.

Persona mirando fotos antiguas, simbolizando anclaje en el pasado
Vivir anclado en recuerdos puede impedir actuar en el presente.

La crítica incluye la tendencia a esperar un desenlace perfecto impuesto por expectativas externas. Esa espera, sostiene Rolón, suele trasladar la carga emocional hacia una promesa intocable. En lugar de eso, propone aceptar la contingencia y tomar responsabilidad por los propios deseos. Actuar en el presente es, para él, un gesto de coraje.

Faltacidad: un término para pensar la felicidad imperfecta

Para nombrar esa idea, Rolón acuñó la palabra faltacidad, que combina la noción de falta con la de felicidad. El concepto pretende resignificar la experiencia buena como algo que integra heridas y carencias. No se trata de resignación, sino de reconocer que la alegría puede convivir con el dolor. Esta mirada desafía la búsqueda de una plenitud absoluta.

Rasgos centrales de la faltacidad

  • Reconoce la presencia de pérdidas sin negar la alegría.
  • Propone una felicidad flexible, no absoluta ni permanente.
  • Invita a aceptar límites personales y sociales.

Rolón plantea que alcanzar la faltacidad implica aprender a tolerar la incompletud. Esa disposición habilita relaciones y proyectos más reales y sostenibles. Aceptar la falta reduce la demanda de compensación externa. De ese modo, la vida gana densidad y autenticidad.

El mito de la “media naranja” y las relaciones reales

En su análisis sobre el amor, el psicólogo critica la idea de que otro nos complete. Esa fantasía, advierte, genera expectativas irreales sobre la pareja. En su lugar, propone concebir el vínculo como un encuentro entre dos personas con faltas propias. El desafío es construir complicidad sin pretender suplir lo que falta en el otro.

Pareja tomándose de las manos con gestos de complicidad y límites
Las relaciones sanas son encuentros entre personas con faltas propias.

Rolón utiliza imágenes para explicar la metáfora: las personas llegan con fragmentos y pérdidas acumuladas. La relación sana se basa en el respeto y en la renuncia al control. Así, el amor aparece como un invento valioso que permite afrontar la finitud. Su ejercicio saludable requiere humildad y límites claros.

Esperanza, fe y el riesgo de delegar el deseo

El especialista observa la esperanza y la fe con distancia crítica desde su formación. Según él, depositar la vida en esperanzas mágicas puede paralizar el deseo activo. Esa dependencia de lo azaroso debilita la capacidad de tomar decisiones conscientes. Por eso propone transformar la espera en acción dirigida por los propios anhelos.

En este marco, el amor también cumple una función simbólica frente a la muerte y la pérdida. Rolón lo describe como un recurso humano para sostener sentido ante la fragilidad. Pero subraya que una práctica amorosa saludable evita usar poder sobre el otro. La relación madura exige renuncia a imponer y voluntad de cuidar sin lastimar.

Mandatos culturales, el superyó y la posibilidad de elegir

Otro eje de su reflexión aborda las voces heredadas que orientan destinos personales. El autor recupera el concepto psicoanalítico de superyó para referirse a esas exigencias internas y culturales. Esas voces, afirma, suelen enmascarar lo que uno realmente desea. Reconocerlas permite cuestionar caminos trazados por expectativas ajenas.

Rolón va más allá al definir el psicoanálisis como una práctica que ayuda a no cumplir un destino impuesto. Ese proceso implica explorar deseos propios y disentir de consensos que no resuenan. La invitación es a ejercer autonomía frente a normas familiares y sociales. Hacerlo posibilita una vida con decisiones más auténticas.

Para el analista, la felicidad ocurre en instantes donde convergen el pasado, el anhelo y la incertidumbre del futuro. Ese momento no es eterno, pero puede sentirse como tal cuando se integra lo vivido con lo deseado. La propuesta es vivir con valentía y aceptar la coexistencia de goce y herida.

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