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- Cómo el estado emocional se traduce en daño corporal
- Mecanismos biológicos que conectan el estrés con el corazón
- Síntomas frecuentes y señales de alarma que no hay que ignorar
- Alcance del problema en la población y cómo distinguir a los más vulnerables
- Comparación con factores de riesgo tradicionales y patrones temporales
- Qué señales deben llevar a consultar y qué pasos preliminares considerar
El cardiólogo Mario Boskis puso en alerta a la audiencia tras explicar cómo el estrés persistente deja huellas físicas profundas en el organismo. En una entrevista reciente en LN+ detalló mecanismos y cifras que vinculan la presión psicológica con eventos cardiovasculares. Su relato combina datos científicos y experiencias clínicas para mostrar que la mente y el corazón mantienen una relación estrecha. Lo que antes se consideraba solo un problema emocional ahora aparece como un riesgo tangible para la salud.
Cómo el estado emocional se traduce en daño corporal
El especialista describió que las reacciones ante una amenaza no son solo imaginarias; el cuerpo responde liberando hormonas. En episodios agudos se disparan sustancias como la adrenalina, que aceleran el pulso y preparan al organismo para actuar. Cuando ese patrón se instala de forma continua, la reacción deja de ser útil y se vuelve perjudicial. El estrés sostenido termina afectando tejidos y órganos, por ejemplo el sistema cardiovascular.
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El problema surge cuando la exposición es cotidiana y prolongada. Entonces aparece una cascada de señales biológicas que mantienen al cuerpo en alerta. Este estado crónico altera procesos metabólicos y favorece la inflamación de las arterias. Con el tiempo, esas alteraciones pueden desencadenar enfermedades mayores.
Mecanismos biológicos que conectan el estrés con el corazón
Según Boskis, hay dos grandes actores hormonales en juego: las catecolaminas y el cortisol. Las primeras, como la adrenalina y la noradrenalina, provocan taquicardia e incremento de la presión arterial en minutos. El cortisol, en cambio, actúa a mediano y largo plazo y modifica el metabolismo de la glucosa.
Efectos concretos en el sistema cardiovascular
Estos procesos generan una serie de consecuencias observables en la clínica: aumento de la presión arterial, elevación del azúcar en sangre y daño al revestimiento arterial. Se daña el endotelio, se fomenta la inflamación y crece la probabilidad de obstrucciones. Ese conjunto aumenta de forma significativa la posibilidad de un evento isquémico.
Varios estudios respaldan estas conexiones y alertan sobre cifras preocupantes. Boskis remarca que el estrés crónico puede casi duplicar el riesgo de sufrir un infarto. Por eso no se trata solo de malestar: es un factor de riesgo cardíaco que requiere atención clínica.
Síntomas frecuentes y señales de alarma que no hay que ignorar
El cardiólogo detalló síntomas comunes que aparecen en consulta y que muchas veces se subestiman. Entre los más habituales mencionó palpitaciones, insomnio persistente, dolores de cabeza continuos y cambios en el apetito o en la libido. Estos signos pueden presentarse tanto en jóvenes como en adultos.
Además, Boskis señaló que el propio paciente suele tener dificultad para reconocer el problema. En numerosas ocasiones son los familiares o el médico quienes detectan el patrón antes que la persona afectada. La autopercepción del estrés es limitada, y eso retrasa el diagnóstico y la intervención.
- Palpitaciones y sensación de aceleración del ritmo cardíaco.
- Alteraciones del sueño y fatiga persistente.
- Dolores de cabeza y cambios en el apetito.
- Dolor torácico que puede confundirse con un infarto.
Alcance del problema en la población y cómo distinguir a los más vulnerables
Boskis advirtió que la magnitud del estrés en la sociedad es elevada y con efectos diferenciales. Citó datos que muestran una percepción de estrés alto en casi la mitad de los adultos en Argentina. Ese nivel pone al país entre los más afectados a escala mundial.
No obstante, aclaró que no todas las personas estresadas presentan igual riesgo cardiovascular. Es necesario evaluar comorbilidades, estilo de vida y marcadores clínicos para identificar a quienes tienen mayor probabilidad de daño. La clave está en distinguir entre estrés percibido y estrés con impacto físico real.
El médico insistió en que la evaluación debe ser integral y personalizada. Solo así se decide si corresponde controlar parámetros como la presión arterial, el perfil lipídico o el azúcar en sangre. Detectar la intersección entre factores psicológicos y biológicos facilita intervenciones eficaces.
Comparación con factores de riesgo tradicionales y patrones temporales
En su análisis, Boskis comparó el efecto del estrés con otros factores de riesgo clásicos. Afirmó que su impacto puede ser tan significativo como el del colesterol elevado o la hipertensión arterial. Esa comparación busca subrayar que el estrés no es un problema menor ni meramente subjetivo.
También mencionó un fenómeno curioso observado en la epidemiología de los infartos: hay más episodios al inicio de la semana. Los picos los domingos por la noche y los lunes sugieren un componente psicosocial vinculado al retorno laboral. El estrés relacionado con el ritmo social puede precipitar eventos agudos, según explicó.
Qué señales deben llevar a consultar y qué pasos preliminares considerar
El especialista recomendó no demorar la consulta si aparecen síntomas cardiacos o alteraciones persistentes del sueño y el ánimo. Ante palpitaciones intensas o dolor en el pecho, la prioridad es descartar una causa cardíaca. Consultar a un profesional permite combinar evaluación emocional y pruebas médicas.
Entre las medidas iniciales que sugirió están la evaluación de factores cardiovasculares y la implementación de cambios en hábitos. Actividad física regular, control del sueño y estrategias para reducir la exposición a situaciones estresantes ayudan a bajar el impacto. Además, cuando corresponde, se decide el seguimiento con especialistas en salud mental o cardiología.












