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Pilar Sordo, psicóloga y autora chilena, planteó en una reciente conversación temas que tocan la vida cotidiana: la pobreza del lenguaje, la dificultad para sostener diálogos reales y la forma en que asumimos la finitud. Sus reflexiones invitan a pensar cómo el modo en que hablamos y nos hablamos condiciona los vínculos, el duelo y la capacidad de cambiar. Al recorrer sus ideas se advierte una crítica a la cultura de la inmediatez y una llamada a recuperar la paciencia y la palabra.
Por qué el lenguaje se empobrece y qué le pasa a la conexión humana
La observación central es sencilla pero inquietante: el vocabulario que usamos se ha reducido y con ello disminuye la precisión para expresar emociones. El empobrecimiento del lenguaje afecta la profundidad de los vínculos y dificulta que las personas elaboren lo que sienten. Esa carencia no es solo estilística; tiene impacto en la salud emocional y en la manera en que nos comprendemos.
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Entre las causas señaladas aparecen la comunicación instantánea y los formatos reducidos que privilegian lo rápido sobre lo explícito. El intercambio por emoticones o frases breves sustituye discursos más completos y construye vínculos superficiales. A continuación, algunos factores que contribuyen a esa tendencia:
- Preferencia por mensajes cortos y plataformas que priorizan la velocidad.
- Uso de emoticones como sustituto del lenguaje emocional complejo.
- Menor hábito de leer y de conversar en profundidad.
- Una cultura de productividad que valora la inmediatez por encima de la escucha.
La escucha que se pierde: menos tiempo, menos paciencia
Un elemento que vuelve frágil el diálogo es la falta de paciencia entre interlocutores. Cuando cada persona dispone de menos tiempo para escuchar, el intercambio se vuelve unilateral. Sin escucha no hay transformación, y la conversación se convierte en un monólogo intermitente donde nadie cambia realmente.
Esto tiene consecuencias prácticas. Las personas sienten que no pueden abrirse porque esperan respuestas rápidas o juicios inmediatos. En ese contexto, el riesgo es que se multipliquen malentendidos y se pierda la posibilidad de empatía.
La incomodidad como impulso para madurar
Uno de los puntos más contundentes que aporta Sordo es la idea de que el crecimiento personal está ligado a la incomodidad. Vivir sin tensión o conflicto no garantiza evolución; al contrario, la evitación estrecha la esfera de aprendizaje. La presión social por mostrar felicidad constante empuja a muchas personas a eludir lo que les duele.
La especialista defiende el derecho a cambiar de opinión y a marcharse de situaciones que no brindan bienestar. Ese movimiento de retirada o de corrección es parte del proceso madurativo y debería verse como legítimo. Aceptar la necesidad de cambio exige tolerar la molestia que provoca reconceptualizar la propia vida.
Por eso muchas personas buscan «congelar» instantes placenteros para protegerlos de la transformación. Esa pulsión guarda una mezcla de nostalgia y miedo a la pérdida. Sin embargo, comprender que todo es transitorio puede abrir nuevas formas de apreciar el presente.
Diálogo interno: cómo la autoconversación moldea el mundo
Tras años de investigación, Sordo plantea que la manera en que cada quien se habla a sí mismo define el amor propio y la relación con el entorno. La autopercepción funciona como lente: quien se valora proyecta confianza y viceversa. El diálogo interno no solo moldea el estado emocional, sino la visión de la realidad.

Ese lenguaje íntimo influye en procesos tan profundos como el duelo, el propósito vital y la expresión emocional. La forma de nombrar el dolor y de contarse la experiencia determina la posibilidad de elaborar pérdidas. En suma, la narrativa personal actúa como motor de conducta y de relación con los demás.
El duelo visto desde la autopercepción
Cuando alguien tiene una narrativa compasiva sobre sí mismo, su proceso de duelo suele ser más flexible y menos autocrítico. Al contrario, un diálogo interno rígido tiende a congelar emociones y a prolongar el sufrimiento. Por eso, cambiar la forma de hablarse puede modificar el ritmo y la calidad del duelo.
Prácticas para recuperar conversaciones y habitar la finitud
Ante este panorama, Sordo sugiere que recuperar la palabra y la paciencia es una tarea colectiva y personal. Mejorar la comunicación implica ejercicios concretos y un cambio de hábitos. No se trata de volver al pasado, sino de integrar herramientas que permitan mayor autenticidad.
Algunas prácticas recomendadas para enriquecer diálogos y vivir con más conciencia son:
- Reservar momentos sin dispositivos para conversar cara a cara.
- Practicar la escucha activa: preguntar y detenerse antes de responder.
- Ampliar el vocabulario emocional mediante lectura y reflexión.
- Permitir la incomodidad como señal de crecimiento personal.











