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- Los orígenes: una herencia en metal y disciplina
- La vida en los campos: caza, pesca y tiro
- Pruebas documentales de una afición sostenida
- Una escopeta con nombre propio y un vínculo íntimo
- El ataque en La Plata: minutos que cambiaron todo
- Motivaciones legales y manipulación del testimonio
- Juicio, condena y fin de la historia personal
Ricardo Barreda construyó, a lo largo de décadas, una relación íntima con las armas que terminó por anudar su pasado de cacerías con una tragedia familiar en La Plata. Ese vínculo no nació de la nada: tuvo raíces en la casa, en un padre con formación militar y en años enteros de salidas al campo. Comprender cómo se formó esa sensibilidad hacia las armas ayuda a explicar parte del contexto que rodeó el crimen que conmocionó al país.
Los orígenes: una herencia en metal y disciplina
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Desde la infancia, Barreda estuvo expuesto a enseñanzas de defensa y manejo de armas por parte de su padre, un militar de oficio. Esas lecciones tempranas se tradujeron en destreza y en una comodidad con pistolas, revólveres y rifles que no desapareció con los años. La disciplina casera y la fascinación por el control con armas se combinaron y moldearon su relación con la violencia y la precisión.

Para él, el aprendizaje no fue solo técnico: implicó una visión sobre el poder y la seguridad personal. Esa mezcla de conocimiento práctico y simbolismo transformó la presencia de armas en un rasgo central de su vida adulta. Con el tiempo, esa costumbre pasó de ser un pasatiempo a una rutina sostenida que marcó su identidad.
La vida en los campos: caza, pesca y tiro
A los 16 años ya contaba con su primera escopeta, y a partir de allí comenzó a frecuentar estancias y zonas rurales de la provincia de Buenos Aires. Durante la adolescencia practicó tanto la caza como la pesca, y en ocasiones lo hizo fuera de la legalidad. Las jornadas al aire libre, el manejo de armas y la camaradería con amigos formaron parte de su educación vital.
Además de la caza, Barreda practicó tiro en polígonos, lo que le permitió mejorar su puntería y familiarizarse con diferentes calibres y mecanismos. Ese entrenamiento continuado reforzó su confianza y su sensación de control. Testimonios y memorias recabadas por su biógrafo describen a alguien que asumía la caza como algo más que un hobby: era una habilidad que exhibía con orgullo.
El relato de episodios nocturnos, disparos cercanos y situaciones de riesgo también aparece en esas conversaciones. Esas anécdotas no solo hablan de aventuras, sino de una persona habituada a la tensión y al ruido de proyectiles. Esa familiaridad contribuyó a que las armas fueran, para él, herramientas de dominio y certeza.
Pruebas documentales de una afición sostenida
Los papeles que Barreda conservó y entregó a su biógrafo revelan la continuidad de su relación con la caza y las armas. Entre esos documentos aparece una licencia oficial que certifica su actividad cinegética. Ese tipo de registro aporta una línea temporal y una validación administrativa a lo que hasta entonces podría considerarse solo una costumbre personal.
El permiso de caza y otros registros
- Licencia de caza N° 116711, expedida en abril de 1967 por la Dirección de Conservación de la Fauna de la provincia de Buenos Aires.
- Registros y objetos personales guardados por su confidente y biógrafo, que atestiguan años de práctica.
- Grabaciones y entrevistas que documentan relatos sobre salidas al campo y prácticas de tiro.
La licencia, obtenida cuando tenía poco más de 30 años, confirma que su involucramiento con la caza no fue efímero. Al reunir documentos, testimonios y recuerdos, se arma un cuadro de continuidad que ayuda a trazar el recorrido de su afición. Ese archivo personal fue clave para reconstruir etapas de su vida que tenían impacto en los hechos posteriores.

Una escopeta con nombre propio y un vínculo íntimo
Entre las armas que ocupaban su hogar, una destacaba por su origen y por la carga emocional que llevaba: una escopeta Víctor Sarasqueta de fabricación española. Esa pieza, traída en su momento por familiares desde el extranjero, se convirtió en un objeto conocido y habitual en la casa. Barreda la conocía perfectamente y sabía cómo manipularla.
Aquella escopeta no fue una adquisición aislada: era parte de un conjunto de instrumentos que lo acompañaron durante años de salidas al campo. La familiaridad con el arma implicaba manejo, mantenimiento y práctica constante. Esa intimidad con el arma la transformó, en la mañana del crimen, en la herramienta decisiva.
El hecho de que la escopeta fuera un bien familiar añade una capa más oscura a la historia. No se trató de un arma encontrada por azar, sino de un objeto integrado en la vida cotidiana. Esa cercanía hizo posible que, en un instante de violencia, se convirtiera en el instrumento de una tragedia irreparable.
El ataque en La Plata: minutos que cambiaron todo
La casa de la familia estaba en la ciudad de La Plata, en una calle que hasta entonces era escenario de una vida doméstica común. En la mañana en cuestión, Barreda salió al patio a ocuparse de tareas y se cruzó con su hija mayor. Un comentario que él percibió como una burla fue el detonante inmediato de una sucesión fatal de hechos.
Regresó a su habitación, tomó la escopeta y volvió al patio. En cuestión de instantes, realizó múltiples disparos que segaron las vidas de cuatro mujeres de su entorno cercano. Las víctimas fueron su esposa, dos hijas y su suegra. La secuencia de los hechos y el orden de los disparos serían objeto de cambios posteriores en su relato judicial.
Motivaciones legales y manipulación del testimonio
Tras los hechos, Barreda modificó la versión sobre el orden de los asesinatos con la intención aparente de influir en la sucesión hereditaria. Esa alteración en sus declaraciones respondía a cálculos sobre la propiedad de la casa y quién quedaría como heredero. El motivo económico y la especulación sucesoria emergieron como elementos clave en la investigación.
La estrategia de reconstruir el crimen para favorecer una pretensión patrimonial añade otra dimensión al caso. No solo había un acto de violencia extrema, sino también un intento posterior de manipular las consecuencias legales. La Justicia, durante la instrucción y el juicio, debió desenmarañar esas versiones contradictorias para determinar responsabilidades.
Juicio, condena y fin de la historia personal
El proceso culminó con su condena a prisión perpetua, un fallo que reflejó la gravedad de los hechos y la carga de pruebas acumuladas. La investigación, la detención y el juicio ocuparon años y mantuvieron el caso en la agenda pública. El veredicto cerró una etapa judicial, pero dejó abierta la pregunta sobre las raíces culturales y personales de la violencia.
Barreda falleció en mayo de 2020, en una residencia geriátrica, tras pasar décadas en prisión desde la masacre de 1992. Durante esos años, su relación con un periodista biógrafo permitió conservar testimonios y documentos que ayudaron a reconstruir aspectos de su vida. Esos materiales mantienen vigente el debate sobre el rol que jugaron la herencia militar, la caza y el manejo de armas en el desenlace trágico.











