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En una charla reciente con LA NACION, el filósofo Darío Sztajnszrajber reabrió el debate sobre qué entendemos por verdad hoy. Sus reflexiones vinculan la tradición aristotélica con los desafíos de la posverdad. El diálogo propone pensar cómo el lenguaje, la práctica y la cultura modelan lo que aceptamos como real.
La propuesta de Sztajnszrajber sobre la verdad clásica
Sztajnszrajber retoma conceptos antiguos para mirar problemas contemporáneos. Señala que la definición clásica de verdad no se agota en la precisión técnica. Para él, la verdad involucra una relación entre lo que se dice, lo que se piensa y lo que existe. Esta lectura invita a repensar la autoridad del discurso en la vida pública.
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El filósofo advierte que la tradición filosófica ofrece herramientas para interrogar creencias cotidianas. No se trata solo de verificar datos. Es necesario distinguir entre la eficacia de una acción y su consistencia con la realidad. La filosofía aporta criterios para esa distinción.
Aristóteles: lenguaje, pensamiento y correspondencia
Según Sztajnszrajber, Aristóteles colocó al lenguaje en el centro de la cuestión. La verdad aparece como una correspondencia entre afirmación y realidad. Esto no elimina la reflexión sobre el pensamiento y la percepción. Lo crucial es cómo esos elementos se articulan en nuestra búsqueda de certezas.

El autor subraya que Aristóteles privilegia el acto de decir como punto de partida. De ahí que la comunicación humana sea clave para validar lo verdadero. Hay una correspondencia entre lo que expreso, lo que pienso y lo que hay, resume su interpretación. Esa triada tensiona la relación entre experiencia y palabra.
Posverdad: el choque con las normas de verificación
El concepto de posverdad describe una era en la que la emoción y el sesgo moldean la aceptación de información. Sztajnszrajber observa que hoy las pruebas empíricas a menudo pierden frente a narrativas personales. Esa dinámica debilita mecanismos tradicionales de verificación. El resultado es una convivencia entre datos y convicciones que no siempre coinciden.

¿Quién se aparta de su propia mirada para comprobar objetivamente cómo son las cosas? se pregunta el pensador. Esa interrogación plantea la dificultad de salir del marco subjetivo. La pregunta remarca la fragilidad de la objetividad en contextos polarizados.
Las redes sociales amplifican afirmaciones sin chequearlas. Los algoritmos favorecen lo que genera adhesión, no lo que es verificable. En ese entorno, la definición clásica de verdad choca con lógicas de circulación rápida. La discusión sobre autoridad epistémica se torna urgente.
Verdades prácticas y verdades ontológicas: dos registros distintos
El filósofo distingue entre verdades que son útiles y verdades que buscan sentido. Las primeras responden al buen funcionamiento cotidiano. Las segundas intentan entender qué significa algo en su fondo existencial. Esa distinción ayuda a separar la eficacia de la profundización filosófica.
- Verdades prácticas: resultados inmediatos y repetibles.
- Verdades científicas: reproducibilidad y explicación funcional.
- Verdades filosóficas: búsqueda de sentido y de «qué es» en un plano más amplio.
- Verdades sociales: construcciones históricas y culturales.
En su explicación, Sztajnszrajber recuerda que muchas disciplinas priorizan el «cómo». Esto permite que las cosas funcionen. Pero que algo funcione no garantiza que sea verdadero en sentido ontológico. Esa tensión abre preguntas sobre qué tipo de verdad perseguimos.
La filosofía como práctica de descentramiento
Para Sztajnszrajber, la filosofía ofrece un gesto de distancia frente a la primacía de la utilidad. Practicarla implica restar urgencia al imperativo de rendimiento. Ese descentramiento permite interrogar supuestos y hábitos. Así se genera un espacio para pensar más allá de la eficacia inmediata.
El autor sugiere que esa práctica puede ayudar en la educación y el debate público. No propone soluciones técnicas, sino herramientas críticas. La reflexión filosófica fomenta preguntas que desestabilizan certezas cómodas. Eso resulta relevante en sociedades saturadas de información.












